Las mujeres en el ministerio de Jesús

 

“Y aconteció después, que él caminaba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, Y algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, Y Juana, mujer de Chuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus haciendas” (Lucas 8:1-3).

En las múltiples referencias que suelen hacerse a Cristo y a sus seguidores, pocas veces escuchamos que se mencione a las mujeres que anduvieron con él, y esto, desde luego, no por desdén de la enseñanza cristiana hacia el sexo femenino, porque el mismo Cristo, en ocasión de la muerte de Lázaro enseñó en público a una mujer, a pesar de las costumbres religiosas y sociales imperantes en aquel tiempo, lo que es la esencia del evangelio, y esto por cierto sólo registrado por el apóstol Juan, diciéndole: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que viene y cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (Juan 11:25 y 26).

Así, pues, al mencionarse a los seguidores de Cristo se asume que estos no eran solamente los que el llamó apóstoles, pues el Nuevo Testamento nos permite verlo rodeado de muchas personas más, entre ellas mujeres, a las cuales brindó una distinguida consideración que por siglos no tuvieron antes de él las mujeres griegas, romanas y judías, de ahí que pueda decirse válidamente que él trató  totalmente con la naturaleza humana, tal cual es, y por esa razón el autor de la Epístola a los Hebreos (4:15) nos dice que fue “…tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Y con ello podemos apreciar cuán humano era él.

Sin embargo, aunque verdaderamente era como uno de nosotros, nunca habrá un hombre igual a Cristo,  porque él no sólo era hombre, sino que era también Dios mismo “… manifestado en carne…”, como lo expresó el apóstol Pablo en su Primera Epístola a Timoteo (3:16), y en su Epístola a los Filipenses (2:6), donde dice, en referencia a Cristo, que “…siendo en forma de Dios no tuvo por usurpación ser igual a Dios…”, lo cual concuerda con lo dicho por el apóstol Juan (1:1-3 y 14) sobre este particular: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho. En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho. […] Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.”

Algunos de los casos en que vemos a Cristo interactuando con mujeres son, por ejemplo, el de aquella que por doce años había estado enferma de flujo de sangre (Mateo 9:20), a quien sanó; el de aquella otra que por dieciocho años había estado agobiada por una enfermedad (Lucas 13:11-17), a quien también sanó; el de la samaritana a quien le pidió de beber (Juan 4:1-30); el de Marta y María en la aldea de Betania (Lucas 10:38-41),  y otros más, destacándose aquel en que María de Betania en casa de Simón el leproso, derramó un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio sobre la cabeza y pies de Cristo, y por cierto, cuando la criticaron por esto, Cristo mismo la defendió, diciendo, entre otras cosas: “Dejadla; ¿por qué la fatigáis? buena obra me ha hecho; que siempre tendréis los pobres con vosotros, y cuando quisiereis les podréis hacer bien; mas á mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado á ungir mi cuerpo para la sepultura. De cierto os digo que donde quiera que fuere predicado este evangelio en todo el mundo, también esto que ha hecho ésta, será dicho para memoria de ella.” (Marcos 14:6-9 y Juan 12:1-11).

¿Y qué con esto? Vale la pena que consideremos la información que el Nuevo Testamento nos provee acerca del círculo de personas más cercano a Cristo, porque entonces podremos apreciar que precisamente ese círculo no estaba compuesto sólo por los que conformaban el grupo de los apóstoles, sino también por un buen número de mujeres, pues a este respecto el médico Lucas, en el evangelio que lleva su nombre, nos dice que entre tales mujeres estaban “María, que se llamaba Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, Y Juana, mujer de Chuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus haciendas” (Lucas 8:2-3). Pero, ¿de qué manera sirvieron a Cristo estas mujeres? Debió haber sido de una manera muy valiosa e importante para su causa bendita y gloriosa en aquellos momentos, como para que por inspiración divina quedase registrado para siempre, que “le servían de sus haciendas”,  y que hasta el lugar de la crucifixión le “… habían seguido desde Galilea […] sirviéndole” (Mateo 27:55-56).

Por otra parte, se tiene también noticia de la actitud asumida por las mujeres de Jerusalén cuando llevaban a Jesús para ser crucificado. La Palabra de Dios nos dice que le seguía  “… una grande multitud  de pueblo y de mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban”. ¡Cuánto apreció el Señor a esas mujeres! Ellas por cierto no pudieron en aquellos momentos ofrendarle otra cosa que sus lágrimas, pero su llanto, cual oración clamorosa, llegó hasta el corazón de Cristo; y entonces, aquel por quien lloraban tuvo también una atención para ellas, diciéndoles: “Hijas de Jerusalem, no me lloréis á mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán á decir á los montes: Caed sobre nosotros: y á los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se hará? (Lucas 23:28-31).

Ahora bien es de destacarse que el grupo original de mujeres que con él andaba no llegó solamente hasta la cruz, pues una vez muerto el Señor, la Escritura dice que el día “… de la víspera de la pascua […] las mujeres que con él habían venido de Galilea, siguieron también y vieron el sepulcro, y cómo fué puesto su cuerpo. Y vueltas, aparejaron drogas aromáticas y ungüentos; y reposaron el sábado, conforme al mandamiento.  Y el primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las drogas aromáticas que habían aparejado, y algunas otras mujeres con ellas. Y hallaron la piedra revuelta del sepulcro. Y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, que estando ellas espantadas de esto, he aquí se pararon junto á ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; Y como tuviesen ellas temor, y bajasen el rostro á tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló, cuando aun estaba en Galilea, Diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. Entonces ellas se acordaron de sus palabras, Y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas á los once, y á todos los demás. Y eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, las que dijeron estas cosas á los apóstoles” (Lucas 23:54-24:10).

Nosotros podemos hoy también servir a Cristo, pero nuestra mejor ofrenda siempre seremos nosotros mismos, y a este respecto recordemos las palabras del apóstol Pablo a los hermanos de Roma: “Humana cosa digo, por la flaqueza de vuestra carne: que como para iniquidad presentasteis vuestros miembros á servir á la inmundicia y á la iniquidad, así ahora para santidad presentéis vuestros miembros á servir á la justicia. Porque cuando fuisteis siervos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Qué fruto, pues, teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora, librados del pecado, y hechos siervos á Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6:19-23).

Joel Sotomayor

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