Enjuiciados por compartir el evangelio

Anila y Perveen
(Los nombres han sido cambiados para proteger a los individuos y a sus familiares)
17 y 18 años de edad
Paquistán
1997

Anila conoció a Perveen en la escuela. Al ir creciendo, su amistad, Anila le obsequió a Perveen una Biblia y le enseñó sus cánticos cristianos. Perveen aprendió los cánticos con rapidez y se los comenzó a enseñar a su hermana menor cuando sus padres no estaban en casa. Los padres de Perveen pronto se percataron de los cánticos, y siendo musulmanes estrictos no estaban muy complacidos. Pero en lugar de confrontar a Perveen inmediatamente, hicieron que la hermana menor investigara de dónde prevenía su influencia cristiana.

Un día Anila invitó a Perveen a un servicio de Viernes Santo. Cuando la joven musulmana escuchó la presentación del evangelio, aceptó a Jesús inmediatamente. Perveen se sintió muy entusiasmada con su nueva relación con Jesús, y vio como grandes cambios ocurrían en su vida. Leía la Biblia y adoraba a Dios con audacia. Anila estaba consciente de que, no tardando mucho, su amiga enfrentaría oposición por parte de sus padres.

Los padres de Perveen estaban furiosos cuando se enteraron de su conversión, ya que previamente habían hecho los arreglos necesarios para casarla con un joven musulán. Cuando Perveen rehusó nuevamente, se marchó de su casa huyendo.

Cuando los padres de Perveen no lograron hallarla, acusaron a Anila y a su pastor de secuestro. Arrestando a Anila, y la abofetearon y la golpearon frente a sus padres por más de nueve horas. Finalmente la encerraron en la cárcel.

Al siguiente día el pastor de Anila junto con su familia fueron también llevados a la cárcel. Anila y su pastores experimentaron horribles torturas en la cárcel. A ella la torturaron con latigazos dieciséis veces (cinco veces es suficiente para que cualquier individuo normal se desmaye). Cuando los soltaron de la cárcel, Anila estuvo dos meses sin poder sentarse, y su pastor casi no podía caminar por causa de las lesiones en las caderas y los muslos.

Posteriormente, la familia de Perveen la econtró. En los países musulmanes, a menudo a los hijos se les castiga severamente por convertirse al cristianismo. Otros son asesinados por sus padres o por sus hermanos por apostatar, o convertirse a otra fe.

Para restaurar el honor perdido de su familia, el hermano de Perveen la mató de una puñalada, y luego se entregó voluntariamente a las autoridades locales. Como comúnmente ocurre en tales situaciones, al final fue dejado en libertad sin mayores consecuencias.

Entonces Anila fue arrestada bajo cargos de secuestro.

La llevaron a la prisión, y después de un mes le permitieron salir bajo fianza. Ella y su familia huyeron y se escondieron por causa de las amenazas en contra de sus vidas que recibieron de los musulmanes radicales.

En mayo de 1999, Anila recibió absolución de todos los cargos en su contra. Alabamos a Dios por las oraciones de creyentes fieles alrededor del mundo. Continúen orando por su protección allí donde se encuentra escondida.

“He visto lo que hay en el mundo”, dijo Anila, y “y no tiene nada bueno que ofrecer. Jesús es mi única fuente de paz”.

Aún hay cientos, quizás miles de historias similares a esta.
Historias que nunca podrán relatarse de niños y adolescentes cristianos que son asesinados por sus padres musulmanes. Jesús dijo que estas cosas sucederían:

21 Y el hermano entregará al hermano a la muerte, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los matarán.
22 Y seréis aborrecidos por todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, este será salvo.
Mateo 10:21,22

Oren por estos creyentes jóvenes, par que Dios los proteja y los fortalezca. Oren por sus padres, para que también ellos vengan al conocimiento de Jesús como su Señor. Y sobre todo, perdonen a sus perseguidores y oren por el pueblo musulmán para que encuentren el amor de Jesucristo y sean salvos.

Fuente: Libro “Locos por Jesús” de DC Talk.

 

Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.1 Pedro 5:7

De la pluma de Charles Spurgeon:

No hay mejor manera de calmar la tristeza que saber que «Él cuida de mí». Amado creyente, no deshonres la fe cristiana exhibiendo siempre un ceño fruncido por la preocupación. En cambio, echa tu carga en el Señor. ¿Por qué te tambaleas siempre bajo un peso que tu Padre ni siquiera siente? Lo que a ti te parece una carga imposible de llevar, a él no le añade ni lo que pesa una mota de polvo. No hay nada tan deleitoso como:
Descansar en las manos de Dios,
Y conocer solo su voluntad.
WILLIAM S. PLUMER, 1802-1880


Oh, hijo que sufres, sé paciente. Tu soberano Dios no te ha dejado de lado ni te ha olvidado. Aquel que alimenta los gorriones también te proveerá todo lo necesario. No te entregues al desánimo. ¡confía! ¡Confía eternamente! Usa las armas de la fe contra los vendavales de problemas y al final tus enemigos serán vencidos y acabará tu sufrimiento.
Hay Uno que te cuida. Sus ojos están fijos en ti, su corazón se conduele por tu sufrimiento y su mano omnipotente no dejará de brindarte ayuda. Incluso la más oscura nube de tormenta se derramará en lluvias de misericordia y la más oscura noche dará paso al sol de la mañana.
Si eres miembro de su divina familia, él vendará tus heridas y sanará tu corazón herido. Nunca pongas en duda la gracia de Dios por causa de los problemas que hay en tu vida, sino cree que él te ama muchísimo, tanto en momentos de dificultad como en los momentos felices.
¡Qué tranquila y pacífica sería tu vida si tan solo le dejaras al Dios de la providencia la tarea de proveedor! Con tan solo «un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en el jarro» (1 Reyes 17:12), Elías sobrevivió la hambruna ¡y tú harás lo mismo! Si Dios cuida de ti, ¿por qué vas a preocuparte? Si confías en él con toda tu alma, ¿ acaso no puedes confiar con tu cuerpo? Él jamás se ha negado a llevar tus cargas, ni tampoco ha desmayado bajo su peso. ¡Vamos, hermano amado! Basta ya de inquietarse y preocuparse … deja todas tus preocupaciones en las manos de tu Dios, que está lleno de gracia.

De la pluma de Jim Reimann:

El temor y la preocupación son pecados, no obstante, por lo general los consideramos sencillamente inevitables y entonces los toleramos en nuestra vida. Pablo dijo: «Todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Romanos 14:23, RVR 1995). Sin embargo, por la Palabra descubrimos que la fe puede coexistir con algo de duda. Si no piensa en el hombre que trajo a su hijo a Jesús para que fuera sanado diciendo: «¡Sí creo! … ¡Ayúdame en mi poca fe!» (Marcos 9:24).
Qué magnífica selección de palabras, dado que ese pedido de ayuda fue hecho a Aquel que dijo: «En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).
Padre, te doy gracias porque «en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó» (Romanos 8:37). Gracias porque nosotros, por tu intermedio, somos tu pueblo, conformamos un ejército de «vencedores».

La regla que gobierna nuestra vida

“Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, Mateo 5:48

La exhortación del Señor en los versículo 38 al 48 es a que seamos generosos en la manera de comportarnos con todos. Cuida de tu vida espiritual dejando de vivir según tus gustos y simpatías naturales. Todo el mundo los tiene. Algunas persona nos agradan y otras no. Sin embargo, no debemos permitir que esas afinidades y antipatías gobiernen nuestra vida cristiana. Pero, “si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros”, Juan 1:7, incluso con aquellos hacia quienes no sentimos ninguna simpatía.

El ejemplo de nuestro Señor no es el de una persona buena y ni siquiera el de un buen cristiano, sino de Dios mismo. Sed perfecto como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. En otras palabras, simplemente muéstrale a tus semejantes lo que Dios te ha mostrado. El Señor te dará muchas oportunidades para demostrar en la vida real si eres perfecto o no, como tu Padre que está en los cielos es perfecto. Ser un discípulo significa que te identificas de manera consciente con los intereses de Dios en otras personas. Jesús dice: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros, como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todo que sois mis discípulos si tenéis amor los unos por los otros”, Juan 13:34-35.

La verdadera expresión del carácter cristiano no es hacer lo bueno sino ser semejante a Dios. Si su Espíritu te ha transformado interiormente, tu vida manifestará características divinas y no solamente buenas cualidades humanas. La vida de Dios en nosotros se expresa a si misma como la vida de Él. No se trata de la vida humana que procura ser piadosa. El secreto en la vida de un cristiano es que, como resultado de la gracia de Dios, lo sobrenatural se vuelve natural en él. Esta experiencia es evidente en los detalles prácticos de la vida diaria, no en los momentos de comunión íntima con Dios. Cuando estamos en contacto con situaciones de crisis, hallamos, para nuestra sorpresa, que tenemos el poder de mantenernos maravillosamente tranquilos en medio de todo.

Oswald Chambers / En pos de lo supremo

¿Continúas andando con Jesús?

“Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones”. Lucas 22:28

Es cierto que Jesucristo está con nosotros en nuestras tentaciones; pero, ¿andamos con Él en sus tentaciones? Muchos de nosotros dejamos de caminar con Jesús desde el instante en que experimentamos lo que ÉL puede hacer. Vigia el momento en que Dios cambia tus circunstancias y examina si andas con Jesús o estás de parte del mundo, la carne y el diablo. Llevamos su nombre, pero ¿Continuamos caminando con Él? “Desde entonces, muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no andaban con él.” Juan 6:66.

Las tentaciones de Jesús continuaron a lo largo de su vida terrenal y seguirán en el transcurso de la vida del Hijo de Dios en nosotros. ¿Vamos con Jesús en la vida que vivimos ahora mismo?

Tenemos la idea de que debemos protegernos de algunas de las circunstancias que DIOs pone a nuestro alrededor. ¡Que jamás ocurra esto! ÉL dispone nuestras circunstancias y sean cuales fueren, debemos imitarlas mientras permanecemos con Él en sus tentaciones. Estas son sus tentaciones; no las tentaciones que nos llegan a nosotros, sino las que le llegan a la vida del Hijo de Dios en nostros. El honor de Jesucristo está en juego en nuestra vida corporal. ¿Permanecemos fieles al Hijo de Dios en todo lo que ataca su vida en nosotros?

¿Continúas andando con Jesús? El camino pasa a través de Getsemaní por la puerta de la ciudad y sigue hasta “fuera del campamento”, Hebreos 13:13. El camino es solitario y continúa hasta que no quede el menor rastro de una pisada que podamos seguir, sino únicamente la voz que nos dice: “Sígueme”.

Salgamos, pues, a él fuera del campamento, llevando su vituperio.

 

Oswald Chambers / En pos de lo supremo.

 

 

¿Es verdadera tu profesión de fe?

 

¿Es verdadera tu profesión de fe?

 

Paz de Cristo hermanos.

Todo aquel que ha creído en Jesucristo tiene vida eterna, desde luego si lo ha recibido de verdad (Juan 1:11 y 12), y con ello ha llegado a formar parte de la iglesia, que es aquí en la tierra la manifestación visible del reino de los cielos, y el reino mismo es semejante a una gran parcela que existe en el mundo, donde Jesucristo ha sembrado la buena semilla, que son los hijos del reino, y que en la Biblia son llamados justos, por cierto no por la justicia propia de ellos que es nula, sino por la de Jesucristo. Sin embargo, en esa parcela también hay cizaña sembrada por el enemigo, que es Satanás, y los que constituyen la cizaña, que son los que han hecho una falsa profesión de fe, son los que han servido de escándalo y han hecho iniquidad, aun llamándose hermanos; y a este respecto recordemos que en el círculo de personas más cercanas a Cristo estaba Judas, que era diablo (Juan 6:70), como ahora también hay en la iglesia personas que aparentemente han creído, pero "en vano", sin perseverar y sin retener la palabra que se les ha predicado (1 Corintios 15:1 y 2), y esto aunque asistan a la iglesia, pero, amados hermanos, viene luego la cosecha, y los encargados de levantar la cosecha serán los ángeles, y así "como es cogida la cizaña, y quemada al fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del hombre sus ángeles, y cogerán de su reino todos los escándalos, y los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego: allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre: el que tiene oídos para oír, oiga" (Mateo 13:39-43).

"La gracia sea con todos vosotros. Amén" (Hebreos 13:25).

Joel E. Sotomayor

La pregunta que tardó como mil años en contestarse

“¿Quién subió al cielo y descendió?” Proverbios 30:4

Del que hizo tal pregunta sólo se sabe que se llamaba Agur, y que era hijo de Jaqué, y que era sumamente modesto, lo cual se percibe cuando dice: “Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, Ni tengo entendimiento de hombre. Yo ni aprendí sabiduría, Ni conozco la ciencia del Santo.  ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?” (Prov. 30:2-4).

Todo el capítulo 30 de proverbios es un tesoro de sabiduría muy profunda, pero expresada en palabras muy sencillas, entre las cuales se encuentran algunas preguntas como la que sirve de base a esta meditación, y que fue contestada por Cristo aproximadamente mil años después de haber sido formulada.

En efecto, aquella noche memorable cuando Nicodemo fue a buscar al Señor Jesús, de lo cual tenemos noticia por medio del Evangelio según San Juan, el mensaje que recibió Nicodemo, quien por cierto era por excelencia “… el maestro de Israel …”, fue de trascendental importancia, y debió haber quedado estupefacto al saber que aquel que se llamaba a si mismo “Hijo del Hombre”, y que estaba frente a él, se encontraba a la vez en el cielo, pues era nada menos que aquel de quién Agur había preguntado: “¿Quién subió al cielo y descendió?”. Esto lo sabemos ahora precisamente por las palabras del Señor Jesús dirigidas a Nicodemo y que fueron registradas por el apóstol Juan: “Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo.” (Juan 3:13).

El Señor Jesús bajó a este mundo, y “… Se humilló a si mismo […] Por lo cual Dios le ensalzó a lo sumo y diole un nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 9:8 y 9).

Aquel, pues al que aludió Agur, cuyo nombre es sin igual, “… Es el Salvador del mundo…” (Juan 4:42), el que “…Vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10), y de quien también dice la Escritura: “A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hechos 10:43). Así que el mensaje para ti es este: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa.” Hechos 16:31.

Joel Sotomayor

Desde el Valle del Évora para Cristo

 

Nací en el poblado de Alhuey, municipio de Angostura, estado de Sinaloa, república de México, el día 13 de octubre de 1958; fui el primero de cinco hijos del matrimonio formado por Raúl Sotomayor Agramón y Adela Valdez; y aunque los nombres con los que mis padres me registraron son los de Joel Eduardo, por los cuales les estoy agradecido, soy mayormente conocido por el primero de ellos, y el mismo me ha servido para pensar en la intervención que Dios ha tenido en mi vida, toda vez que en la lengua hebrea significa Jehová es Dios.

Mi padre fue un humilde ejidatario que trabajaba arduamente y cada día en el campo, desde muy temprana hora; y mi madre de la misma manera trabajaba, y trabaja aún, gracias a Dios, pero en la casa. Los dos se levantaban al amanecer para ordeñar una vaca, o hasta cuatro cuando llegó a haber más, y él después se iba a la parcela a seguirle allá en las labores agrícolas, regresando al ocultarse el sol, o hasta en la noche muchas veces, y en ocasiones hasta el día siguiente, cuando de regar la tierra se trataba; mientras mi madre se encargaba de las faenas propias del hogar, que eran múltiples y todo el día, y desde luego, sin vacaciones en ambos casos.

Así, pues, en el ambiente campirano, donde el trabajo, lejos de ser una rutina, es un reto diario, y donde los hijos deben involucrarse de alguna manara en la actividad productiva desde muy temprana edad, pasé la hermosa etapa de la infancia, y parte de mi juventud, un espacio de tiempo que, como es natural y común a la mayoría de las personas, ahora valorizo más, recordando las circunstancias de que fui rodeado, mismas que contribuyeron todas para bien de mi vida.

Mis padres profesaban la fe católica, como la mayoría de los habitantes de Alhuey, y por ello mi querida madre me enseñó, en mi temprana edad, conforme a su leal saber y entender, algunas cuestiones elementales de la fe cristiana, como son la existencia de un Dios único, invisible y todopoderoso, y la de su hijo Jesucristo que nació de María la virgen; me habló de la existencia de ángeles y del diablo, y me contó la historia del diluvio universal, entre otras cosas interesantes.

Al tiempo que cursaba el cuarto grado de mi educación elemental, a instancia también de mi madre recibí instrucción religiosa en el templo católico de mi pueblo, la cual acepté con buena disposición, habiendo sido mis maestras dos muchachas muy diligentes en su desempeño como catequistas; la primera, llamada Eva, de la cual nunca supe por cierto sus apellidos, pero era hija de un señor que le decían El Cubano; y la segunda, de nombre María del Refugio Uriarte Angulo, a quien llamábamos cariñosamente Cuqui, hija de don Joaquín Uriarte, amigo de mi padre.

Una vez terminada la instrucción religiosa, tuvo lugar en mi vida la ceremonia que en el catolicismo se denomina primera comunión, habiendo sido para ello mi padrino el señor Ismael Elizalde, que recientemente había llegado de la ciudad de Mexicali, Baja California, y a cuyos padres, los respetables señores don Salvador y doña María, acompañaba yo gustosamente y con frecuencia a oír misa los domingos por la mañana, en una carreta tirada por un caballo. Por cierto, era verdaderamente muy grato departir con estas nobles personas, quizá porque siendo de avanzada edad irradiaban la ternura propia de abuelos, o por el buen carácter que tenían, a más de que gozaban de buena reputación como fieles católicos junto con su hija Linda, que nunca se casó; y era de admirarse cómo recibían en su casa con muchas atenciones a los sacerdotes que acudían al templo de Alhuey a oficiar la misa.

Pasada la primera comunión, Cuqui me pidió que me hiciera cargo de la instrucción religiosa de un grupo infantil, a lo cual accedí, pero esto lo hice por muy poco tiempo, porque después ya no sentí ánimo de continuar, y dejé de asistir, aunque me seguía considerando católico, por lo cual también, cuando alguien hablaba contra el clero, refiriendo las partes de la historia que le son desfavorables, como la relativa a la llamada “santa inquisición”,  o cuando criticaban su influencia excesiva en los asuntos políticos de nuestro país, durante toda la dominación española y hasta la promulgación de las leyes de reforma por parte del presidente Benito Juárez, parecía que mis oídos se cerraban para no escuchar comentarios negativos sobre la actuación sacerdotal, al tiempo que mantenía mi admiración por las figuras ejemplares de Vasco de Quiroga (Tata Vasco) y Fray Bartolomé de las Casas, a los cuales les reconozco su valiosa intervención en la defensa y protección de los pueblos indígenas, como también, desde luego, a Fray Toribio de Benavente (Motolinía), personajes de los cuales daban cuenta los libros de texto gratuitos de la educación primaria de mi tiempo.

Cuando pasé a secundaria, la clase de historia universal se me hizo muy interesante, especialmente en lo relativo al éxodo del pueblo de Israel, y desde luego a la actuación de Moisés; por lo que hablé con mi madre, diciéndole que se nos había contado tal historia en clase, y que estaba contenida en la Biblia, ofreciéndose ella de inmediato a conseguirme un ejemplar de la misma con una vecina de nombre Armida Angulo, a quien acudió, pero regresó trayendo sólo el Nuevo Testamento, y éste en versión popular, y me dijo que parecía que no era una Biblia completa, pero yo de todas maneras tomé aquel libro con gusto, y le di una hojeada, pero luego lo dejé.

Al comenzar a cursar el segundo año de secundaria, conocí a un joven cristiano llamado Lamberto Angulo Solano; y aunque él a penas se acababa de inscribir en el primer grado, era mayor que yo, no sé cuantos años más; siempre muy bien vestido, y de muy buenos modales, recién llegado de la ciudad de Tijuana, Baja California; no me habló de la Biblia ni del evangelio, pero su proceder recto y prudente me bastaron para interesarme en la vida cristiana, en lo cual se habían adentrado ya unos tíos míos, Manuel López González y Nabor Sotomayor Agramón, mismos que constituían un matrimonio solitario, porque vivieron sin hijos, pero lleno de amor y de mutua complacencia, y quienes se convirtieron y se bautizaron ya en su edad madura.

Por aquella misma época llegaron a Alhuey unos médicos cristianos, procedentes de los Estados Unidos, que atendían de manera altruista, frente a la escuela primaria del lugar, llamada Agustina Ramírez, a todo aquel que tuviese algún problema de salud y que se acercase voluntariamente al grupo; estos traían muchas medicinas por cierto, y yo me acerqué a ellos porque tenía la cara llena de granos, en concordancia esto con mi adolescencia, y me dieron un medicamento para mi problema, pero estaba allí con ellos, junto a la puerta del local donde tenían instalado su consultorio, un caballero de origen mexicano, de edad madura, que con amabilidad obsequiaba un librito bíblico a todos los que se presentaban a solicitar atención médica; después supe que era el hermano Jesús Manuel Rocha Contreras, y en ese librito venía un cupón con la oferta de cursos bíblicos gratuitos que brindaba desde la ciudad de Cuernavaca, Morelos, una escuela por correspondencia que se denominaba Escuela Cultural, los cuales yo aproveché, y al final me hicieron llegar un diploma y una Biblia Reina Valera antigua, que me produjeron gran satisfacción. Fue a través de esos cursos, relativos todos a la salvación, que yo recibí a Jesucristo como mi único y suficiente salvador personal, siendo bautizado años después, por cierto el día primero de enero de 1975, precisamente por el hermano Jesús Manuel Rocha Contreras.

Luego de la conversión de los tíos Manuel y Nabor, los empezó a visitar con frecuencia un caballero de edad madura, de muy buen porte, y siempre muy bien vestido, amante de la Palabra de Dios, de nombre Ambrosio Lugo, y a quien respetuosamente llamábamos Hermano Vocho, con quien departían por lo general al atardecer y hasta bien entrada la noche, y casi toda su conversación giraba en torno a pasajes bíblicos, lo cual hacían siempre muy amenamente, de tal manera que yo quería estar constantemente allí con ellos, pues oía y aprendía muchas cosas que eran novedosas para mí. La tía Nabor, por ejemplo, se aprendía de memoria varios versículos de la Biblia y los repetía textualmente, y nos gozábamos al escucharla.

No existen palabras para expresar en su justa medida la gratitud que debo a ellos por el valioso testimonio que me dieron, y a todos cuantos contribuyeron a que me resplandeciese la luz del evangelio de Cristo; sólo sé que él estuvo con ellos, porque el Señor Jesús dijo, según lo refiere Mateo en el evangelio que lleva su nombre (18:20): “…donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos”. Y también dice en el Salmo 54:4: “He aquí, Dios es el que me ayuda; el Señor es con los que sostienen mi vida”. Y esto es aplicable también a los que me ayudaron después, y hasta ahora, entre los cuales no podría dejar de mencionar, aparte de estos, al hermano Jesús Manuel Rocha Contreras y al hermano Paul C. Green, este último de origen estadounidense, porque, aunque ha habido muchos más, estos fueron los que me ayudaron en mis primeros pasos. Todos ellos, habiendo cumplido la misión que tenían en este mundo, duermen ya en el Señor.

La lectura de la Biblia influyó desde aquel tiempo poderosamente en mi vida, especialmente las partes relativas al retorno de Cristo y al final del mundo, pero aparte me he deleitado en muchos otros pasajes favoritos, de los cuales cito como ejemplo el de Hechos 17:24 al 31, donde se consignan las elocuentes palabras pronunciadas por el apóstol Pablo ante los filósofos epicúreos y estoicos en la colina de Marte, en ocasión de su visita a la ciudad de Atenas, y que textualmente transcribo a continuación:

“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, éste, como sea Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos, ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues Él da á todos vida, y respiración, y todas las cosas; y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de los habitación de ellos; para que buscasen á Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros: Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos; como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también. Siendo pues linaje de Dios, no hemos de estimar la Divinidad ser semejante á oro, ó á plata, ó á piedra, escultura de artificio ó de imaginación de hombres. Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta ignorancia, ahora denuncia á todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan: Por cuanto ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual determinó; dando fe á todos con haberle levantado de los muertos.”

El tiempo ha pasado, y ahora veo con gran nitidez con cuánto amor me trató y me ha tratado el Señor en todo este trayecto, desde la infancia y más aún, “…desde antes de la fundación del mundo…”, como se desprende de lo expresado por el apóstol Pablo en el capítulo 1 versículo 4, de su Epístola a los Efesios, sin que yo lo mereciese, desde luego, ni lo alcance a merecer nunca, lo cual puede decir válidamente todo aquel que ha creído en Jesucristo y lo ha recibido como su único y suficiente salvador personal, y es que así ama el Señor, pues también de Israel se expresa él mismo de manera similar, diciendo: “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia” (Jeremías 31:3), todo lo cual se robustece con las palabras expresadas por el mismo Hijo de Dios aquella noche memorable en que lo visitó Nicodemo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Entre las cosas importantes que aprendí de la Biblia, y a lo cual contribuyó el compañerismo con los tíos Manuel y Nabor, y con el Hermano Vocho, están aquellas que tienen que ver con que el Señor nos salva por su pura gracia, es decir, no porque tengamos méritos, puesto que si alguien pudiera salvarse por sus propios méritos, entonces Jesús no habría sido crucificado, porque así la salvación ya no sería por gracia, sino por obras, pero esto no puede ser, pues está escrito en Efesios 2:8 y 9: “…por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: No por obras, para que nadie se gloríe.” Y entonces ¿qué de las buenas obras? Éstas todo el tiempo debemos hacerlas, pero nunca pueden constituir la base de la salvación, sino un fruto de la misma en beneficio de nuestros congéneres, pues a este respecto el apóstol Pablo añade: “Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas” (V. 10); y además, en Tito 3:8, el mismo apóstol dice: “Palabra fiel, y estas cosas quiero que afirmes, para que los que creen a Dios procuren gobernarse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres.”

Así, pues, es por creer en Jesucristo que somos salvos, como se advierte del contenido de Romanos 10: 8 al 13, que transcribo a continuación:

“Cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia; mas con la boca se hace confesión para salud. Porque la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia de Judío y de Griego: Porque el mismo que es Señor de todos, rico es para con todos los que le invocan: Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Pero el creer en Jesucristo para salvación lleva implícito el arrepentimiento de pecados, el cual está implicado en el perseverar en el evangelio y no en el pecado (Romanos 6:1 y 2), así como en el retener la Palabra de Dios (Lucas 8:15), sin lo cual es seguro que se cree en vano; en el entendido de que se persevera en el evangelio y se retiene la Palabra de Dios, no para ser salvo, sino porque se es salvo, como se desprende de 1Corintios 15:1 al 4, donde el apóstol Pablo dice:

“ADEMAS os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; Por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo fué muerto por nuestros pecados conforme á las Escrituras; y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme á las Escrituras” (énfasis añadido).

Y todo ello concuerda con las palabras que nuestro Salvador dirigió a su audiencia en Galilea, después que Juan el Bautista fue encarcelado, como nos lo refiere Marcos en su evangelio, al decir:“El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al evangelio” (1:14 y 15).

Por lo tanto, amada persona que alcanzaste a leer hasta aquí, lo que debes hacer para tener la salvación y evitar el tormento eterno, es lo siguiente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa.” (Hechos 16:31). Porque solo el Señor Jesús, quien se encuentra a la diestra del Padre, puede fungir como mediador entre Dios y los hombres, pues la Escritura dice en 1 Timoteo 2:5, que “…hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres..”, y que éste mediador es “…Jesucristo hombre”.Ahora bien, como Dios es omnisciente, él puede escuchar a todo pecador que verdaderamente arrepentido clama a él para salvación, dondequiera que se encuentre, más no así María ni los santos, quienes habiendo sido salvados por el Señor, una vez que han partido de este mundo están en la presencia de Dios, sin poder escuchar nuestras oraciones, puesto que ellos ni son todopoderosos, como lo es Dios, ni tienen los atributos de omnisciencia y omnipresencia, que sólo corresponden precisamente a Dios, y están además esperando la resurrección de los muertos, aparte de que a ellos no debemos rezarles, ni tampoco debemos postrarnos ante sus imágenes, y por cierto ni debemos hacer tales imágenes para esos efectos, porque Dios mismo lo prohibió cuando escribió los Diez Mandamientos, como podemos leerlo en Éxodo 20:2-6.

Así, pues, Cristo es nuestro Salvador, y para acercarnos a él no necesitamos la intervención medianera de nadie, porque él mismo nos dice: “…el que a mí viene no lo echo fuera…” (Juan 6:37). Y por otra parte, según leemos en Juan 6:44, ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trae; aunado a lo cual tenemos en la Epístola a los Hebreos (4:6), la invitación para acercarnos “…confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro.”

Que el Señor, a quien le plugo amarme y lavarme de mis pecados “…con su sangre..” (Apoc. 1:5), sea recibido por todas las personas de aquel hermoso valle, y de los demás lugares donde se predica al Cristo crucificado y resucitado del que habla la Biblia, la Palabra de Dios, es la oración de este servidor, conforme al deseo de Dios, pues la Escritura dice que él “… quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4), toda vez que no quiere “…que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

 

Joel E. Sotomayor

Las mujeres en el ministerio de Jesús

 

“Y aconteció después, que él caminaba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, Y algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, Y Juana, mujer de Chuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus haciendas” (Lucas 8:1-3).

En las múltiples referencias que suelen hacerse a Cristo y a sus seguidores, pocas veces escuchamos que se mencione a las mujeres que anduvieron con él, y esto, desde luego, no por desdén de la enseñanza cristiana hacia el sexo femenino, porque el mismo Cristo, en ocasión de la muerte de Lázaro enseñó en público a una mujer, a pesar de las costumbres religiosas y sociales imperantes en aquel tiempo, lo que es la esencia del evangelio, y esto por cierto sólo registrado por el apóstol Juan, diciéndole: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que viene y cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (Juan 11:25 y 26).

Así, pues, al mencionarse a los seguidores de Cristo se asume que estos no eran solamente los que el llamó apóstoles, pues el Nuevo Testamento nos permite verlo rodeado de muchas personas más, entre ellas mujeres, a las cuales brindó una distinguida consideración que por siglos no tuvieron antes de él las mujeres griegas, romanas y judías, de ahí que pueda decirse válidamente que él trató  totalmente con la naturaleza humana, tal cual es, y por esa razón el autor de la Epístola a los Hebreos (4:15) nos dice que fue “…tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Y con ello podemos apreciar cuán humano era él.

Sin embargo, aunque verdaderamente era como uno de nosotros, nunca habrá un hombre igual a Cristo,  porque él no sólo era hombre, sino que era también Dios mismo “… manifestado en carne…”, como lo expresó el apóstol Pablo en su Primera Epístola a Timoteo (3:16), y en su Epístola a los Filipenses (2:6), donde dice, en referencia a Cristo, que “…siendo en forma de Dios no tuvo por usurpación ser igual a Dios…”, lo cual concuerda con lo dicho por el apóstol Juan (1:1-3 y 14) sobre este particular: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho. En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho. […] Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.”

Algunos de los casos en que vemos a Cristo interactuando con mujeres son, por ejemplo, el de aquella que por doce años había estado enferma de flujo de sangre (Mateo 9:20), a quien sanó; el de aquella otra que por dieciocho años había estado agobiada por una enfermedad (Lucas 13:11-17), a quien también sanó; el de la samaritana a quien le pidió de beber (Juan 4:1-30); el de Marta y María en la aldea de Betania (Lucas 10:38-41),  y otros más, destacándose aquel en que María de Betania en casa de Simón el leproso, derramó un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio sobre la cabeza y pies de Cristo, y por cierto, cuando la criticaron por esto, Cristo mismo la defendió, diciendo, entre otras cosas: “Dejadla; ¿por qué la fatigáis? buena obra me ha hecho; que siempre tendréis los pobres con vosotros, y cuando quisiereis les podréis hacer bien; mas á mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado á ungir mi cuerpo para la sepultura. De cierto os digo que donde quiera que fuere predicado este evangelio en todo el mundo, también esto que ha hecho ésta, será dicho para memoria de ella.” (Marcos 14:6-9 y Juan 12:1-11).

¿Y qué con esto? Vale la pena que consideremos la información que el Nuevo Testamento nos provee acerca del círculo de personas más cercano a Cristo, porque entonces podremos apreciar que precisamente ese círculo no estaba compuesto sólo por los que conformaban el grupo de los apóstoles, sino también por un buen número de mujeres, pues a este respecto el médico Lucas, en el evangelio que lleva su nombre, nos dice que entre tales mujeres estaban “María, que se llamaba Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, Y Juana, mujer de Chuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus haciendas” (Lucas 8:2-3). Pero, ¿de qué manera sirvieron a Cristo estas mujeres? Debió haber sido de una manera muy valiosa e importante para su causa bendita y gloriosa en aquellos momentos, como para que por inspiración divina quedase registrado para siempre, que “le servían de sus haciendas”,  y que hasta el lugar de la crucifixión le “… habían seguido desde Galilea […] sirviéndole” (Mateo 27:55-56).

Por otra parte, se tiene también noticia de la actitud asumida por las mujeres de Jerusalén cuando llevaban a Jesús para ser crucificado. La Palabra de Dios nos dice que le seguía  “… una grande multitud  de pueblo y de mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban”. ¡Cuánto apreció el Señor a esas mujeres! Ellas por cierto no pudieron en aquellos momentos ofrendarle otra cosa que sus lágrimas, pero su llanto, cual oración clamorosa, llegó hasta el corazón de Cristo; y entonces, aquel por quien lloraban tuvo también una atención para ellas, diciéndoles: “Hijas de Jerusalem, no me lloréis á mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán á decir á los montes: Caed sobre nosotros: y á los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se hará? (Lucas 23:28-31).

Ahora bien es de destacarse que el grupo original de mujeres que con él andaba no llegó solamente hasta la cruz, pues una vez muerto el Señor, la Escritura dice que el día “… de la víspera de la pascua […] las mujeres que con él habían venido de Galilea, siguieron también y vieron el sepulcro, y cómo fué puesto su cuerpo. Y vueltas, aparejaron drogas aromáticas y ungüentos; y reposaron el sábado, conforme al mandamiento.  Y el primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las drogas aromáticas que habían aparejado, y algunas otras mujeres con ellas. Y hallaron la piedra revuelta del sepulcro. Y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, que estando ellas espantadas de esto, he aquí se pararon junto á ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; Y como tuviesen ellas temor, y bajasen el rostro á tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló, cuando aun estaba en Galilea, Diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. Entonces ellas se acordaron de sus palabras, Y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas á los once, y á todos los demás. Y eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, las que dijeron estas cosas á los apóstoles” (Lucas 23:54-24:10).

Nosotros podemos hoy también servir a Cristo, pero nuestra mejor ofrenda siempre seremos nosotros mismos, y a este respecto recordemos las palabras del apóstol Pablo a los hermanos de Roma: “Humana cosa digo, por la flaqueza de vuestra carne: que como para iniquidad presentasteis vuestros miembros á servir á la inmundicia y á la iniquidad, así ahora para santidad presentéis vuestros miembros á servir á la justicia. Porque cuando fuisteis siervos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Qué fruto, pues, teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora, librados del pecado, y hechos siervos á Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6:19-23).

Joel Sotomayor